Once años (IX)

México, D. F., 23 de octubre de 2012

Debían haber puesto una vigía con anteojos de larga vista en el tejado, unas páginas atrás lo conté. Les había dicho “el martes de la semana próxima estaré con ustedes”. El lunes regresaba de Córcega. En las oficinas del PDC pensaban que llegaría, como todos, a las ocho de la mañana; yo, a las ocho de la mañana del martes estaba apenas a cincuenta kilómetros de París, en ruta a Alemania. Llegué como a las tres de la tarde: el pánico estaba instalado entre las filas de los oficiales superiores.
Apenas abierta la puerta de mi coche en el estacionamiento del PDC, cuatro o cinco brazos se alargaban para tomarme de la mano: eran dos de los principales oficiales en servicio. En Francia sólo uno de ellos se había dignado a hablarme.
Ya lo he dicho, soy tímido. Me turbaba. No sabía qué mano estrechar. Tuve que echar rápidamente un ojo a las charreteras para distinguir la del coronel.
Uno de ellos me condujo a mi oficina; cuando vi en el papel la descripción del contenido del tubo entendí su aprehensión ante un posible siniestro. Me costó más de una semana restablecer un orden lógico basado en la densidad de cada producto (había distintos hidrocarburos por enviar en los oleoductos a través de Francia hacia Alemania) para que uno empujando el otro no se mezclaran demasiado.
Me hospedé unos días en el hotel del pueblo más cercano. En esas estaba cuando un amigo mío, Viskowski —polaco que hablaba un mejor alemán que el mío— me hizo una proposición:
—Encontré una casa de alquiler en medio de un bosque de pinos, formidable pero grande y la renta demasiado cara para mí solo. ¿Quieres que compartamos? Nos vamos los dos y dividimos gastos.
Fue así como la gente nos vio casi siempre juntos: en la alberca, jugando al tenis, al pin pon, en las tiendas comprando los alimentos para nuestra cena. La comida teníamos la autorización de tomarla en el restaurante del campo militar: cheesburger cada día.
Él no tenía carro allá. Usábamos siempre el mío. Seguro que la gente nos veía como gays, pero él cada viernes por la tarde tomaba el tren para París donde veía a su esposa. En lo que a mí concernía, un fin de semana iba a Francia y la semana siguiente mi esposa venía en tren hasta Zweibrucken, donde la esperaba con el carro para ir a visitar las ciudades alemanas; dos veces atravesamos la selva negra hasta un pueblo de Baviera donde vivían nuestros amigos canoístas.


Mi padre no era del tipo vengativo, pero responsabilizaba a todos los alemanes por los años que había pasado en las trincheras durante la primera guerra mundial, así como de la herida causada por un casco de obús y lo había privado del uso normal de una pierna. Insistíamos mi esposa y yo para que viniera a pasar una semana con mi madre en la casa donde vivía y en la cual todavía quedaba una recámara libre. Por fin aceptó. Llegamos los cuatro con Viky.
Mi incertidumbre hasta el último día de su decisión había hecho que no hubiera hablado de este proyecto al propietario de la casa, que vivía al otro lado de la carretera, quien era imposible que no viera a mis huéspedes.
Tan pronto salí del coche corrí a tocar a su puerta. Su esposa hablaba el francés bastante bien y venía de vez en cuando a platicar conmigo, pero estaba yo inquieto acerca de la reacción de su marido por las visitas sin previo aviso.
—¿Sus padres? —preguntó la esposa.
—Sí.
Y después de unos segundos…
—¿Pero qué edad tiene su padre?
—Setenta.
—¿Entonces fue soldado durante la primera guerra?
—Sí.
—Mi marido también.
Era ella mucho más joven que él.
—Pueden quedarse el tiempo que les convenga, voy a decirle a mi marido.
El día siguiente ella me esperaba al regreso de mi trabajo.
—Invitamos a sus padres a una comida un día de la semana.


No sé cómo pasaron la comida, pero mis padres volvieron a casa con varias botellas de vino del viñedo de nuestro anfitrión.

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