Once años (VII)


México, D. F., 1 de octubre de 2012

Estaba con mi coche a la hora fijada delante de su casa. Al cabo de un momento se dio cuenta de que salíamos de París.
—¿A dónde vamos?
—Oh, a media hora del centro.
Llegamos al hotel tres cuartos de hora después de la salida de París.
—¿Aquí está?
Saqué de la cajuela una maleta grande, cosa normal para el dueño respecto a lo ya hablado con él en la reservación. Éste nos esperaba.
—¿Qué es eso? —me preguntó Renée al ver el aspecto poco romántico de la fachada— Tengo que regresar a lo máximo a las cuatro y media a casa. Mis papás me van a esperar.
—Vamos a cenar aquí.
De hecho el dueño, al contrario de lo que nos había dicho, anunció: “Tengo algo para comer si quieren”.
—No, muchas gracias. Ya comimos.
Subimos a la recámara, bien simple: una pequeña mesa, dos pequeñas sillas, un guardarropa.
—¡Yo que me había vestido de fiesta con mi más bonito traje de noche!
—No te preocupes, te lo quitaré.
No contestó, preocupada al verme abrir la maleta. La vacié y deposité sobre la mesa el contenido: foiegras, exquisitos quesos, pastel, golosinas y una botella de famoso champagne.
Al final guardamos todo en la maleta, limpiamos.
La tomé en mis brazos, le di un beso y empecé a desabrochar el traje de gala. Me ayudó y mientras le prometía que no le pasaría nada.
Sin perder más tiempo se encontró en la cama, sin cobijas, ni sábanas, ni sostén ni calzoncito. Tenía los muslos cortos, no me gustó. Dejó actuar a mis manos, muy despacito, gradualmente, hasta llegar a un punto erótico. Estaba yo, también, completamente desnudo. Bruscamente, con dureza, me agarró mi erección entre sus labios medio cerrados sobre la punta y, sin más, rápidamente liberó todo.
Yo esperaba más.
—¿Por qué hiciste eso?
—Porque sé que te gusta.
A mí me pareció que eso no era normal. Dejé escapar un “mmmh” decepcionado. Pero a pesar de ello pensé que era el momento de pasar a la acción. Atravesé su cuerpo poniendo una pierna de cada lado al exterior de sus piernas abiertas cuando, y repentinamente recordé que le había hecho la promesa de que nada ocurriría, además de que no tenía ninguna protección.
Al apartarme de ella abruptamente ensucié su cuerpo y la sábana del baño con los líquidos de la naturaleza. Ella, frente a la potencia del deseo hubiera cedido, pero en mi caso ninguna fuerza podía ser superior a mi voluntad. A las cuatro y media de la mañana de Santa Claus ella podía certificar, como me lo había dicho a mí, que todavía estaba virgen.
Seguíamos viéndonos cuando llegaron las vacaciones de Semana Santa. Había comprado condones y esperaba esta vez llevar a cabo lo deseado. Me llamó:
—Por la Semana Santa me voy de vacaciones con mi amiga Anny.
Mi ambicioso proyecto se derrumbó. ¡Qué rara esta chica!
Como trabajaba el sábado, ella tenía un día libre en el transcurso de la semana; yo en el PDC tenía hora y media libre durante el almuerzo. La convencí de venir por tren y la esperaría en la estación con mi coche para ir a dar una vueltecita en el bosque de Fontainebleau.
Otra vez no hubo resistencia; una vez en el lugar retirado del bosque, que yo conocía bien, bajamos del coche. La camioneta Ford Taurus era muy larga; los sillones de atrás se doblaban completamente. Uno podía dormir dentro; muy apredatidos, dos.
Abrí la puerta trasera. Cuando vio la instalación dio un paso hacia atrás. La tomé en mis brazos y delicadamente la llevé hasta el interior recostándola boca arriba. Llevaba una falda, fue fácil levantarla. Al sentir que le quitaba las bragas, trató débilmente de mantenerlas; su pubis apareció levantado hacia mí, acariciándola poco a poco comencé a introducir mi anular, y más y más, poco a poco hasta que entró todo, sin que hubiera ni un grito, ni un sobresalto, ni… una gotita de sangre. No era virgen. Eso me desarmó. Saqué mi dedo, lo sequé con sus bragas, que eché dentro del carro desencantado por su manera de engañarme.
Al día siguiente me llamó:
—No quiero que nos veamos más.
—Eres manipuladora. Me has dicho que eras virgen, lo que me sorprendía a tu edad, pero me lo habías asegurado. ¿Qué pensabas que no me daría cuenta un día u otro?
—Pues no soy como las otras.
Con tal contestación, pensé otra vez: “Hay algo anormal con esta chica”. Y pasé revista de lo que me había parecido fuera de lo normal en esta relación abortada.

Revisemos los hechos desde el primer día.
1.    Fue ella quien me buscó para conversar.
2.    Al primer beso me presentó su boca entreabierta, como si ya la pasión y el deseo la hicieran abrir sus labios para dejar pasar la lengua.
3.    La manera de agarrarme el pene brutalmente, como si fuera un mango de pico y soltarlo inmediatamente.
4.    Engañándome diciendo que era virgen.
5.    Irse de vacaciones con una amiga cuando hubiera podido ir conmigo.

Una tarde poco después, recuerdo, que la acompañé en mi coche a su casa, paré delante de una carnicería para comprar un trozo de ternera para la comida del día siguiente. Cuando regresé al carro ya no estaba ahí.
Nunca volví a verla.

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