México, D. F., 1 de octubre
de 2012
Estaba con mi coche a
la hora fijada delante de su casa. Al cabo de un momento se dio cuenta de que
salíamos de París.
—¿A dónde vamos?
—Oh, a media hora del
centro.
Llegamos al hotel tres
cuartos de hora después de la salida de París.
—¿Aquí está?
Saqué de la cajuela
una maleta grande, cosa normal para el dueño respecto a lo ya hablado con él en
la reservación. Éste nos esperaba.
—¿Qué es eso? —me
preguntó Renée al ver el aspecto poco romántico de la fachada— Tengo que
regresar a lo máximo a las cuatro y media a casa. Mis papás me van a esperar.
—Vamos a cenar aquí.
De hecho el dueño, al
contrario de lo que nos había dicho, anunció: “Tengo algo para comer si
quieren”.
—No, muchas gracias.
Ya comimos.
Subimos a la
recámara, bien simple: una pequeña mesa, dos pequeñas sillas, un guardarropa.
—¡Yo que me había
vestido de fiesta con mi más bonito traje de noche!
—No te preocupes, te
lo quitaré.
No contestó,
preocupada al verme abrir la maleta. La vacié y deposité sobre la mesa el
contenido: foiegras, exquisitos quesos, pastel, golosinas y una botella de
famoso champagne.
Al final guardamos
todo en la maleta, limpiamos.
La tomé en mis
brazos, le di un beso y empecé a desabrochar el traje de gala. Me ayudó y
mientras le prometía que no le pasaría nada.
Sin perder más tiempo
se encontró en la cama, sin cobijas, ni sábanas, ni sostén ni calzoncito. Tenía
los muslos cortos, no me gustó. Dejó actuar a mis manos, muy despacito,
gradualmente, hasta llegar a un punto erótico. Estaba yo, también,
completamente desnudo. Bruscamente, con dureza, me agarró mi erección entre sus
labios medio cerrados sobre la punta y, sin más, rápidamente liberó todo.
Yo esperaba más.
—¿Por qué hiciste
eso?
—Porque sé que te
gusta.
A mí me pareció que
eso no era normal. Dejé escapar un “mmmh” decepcionado. Pero a pesar de ello
pensé que era el momento de pasar a la acción. Atravesé su cuerpo poniendo una
pierna de cada lado al exterior de sus piernas abiertas cuando, y repentinamente
recordé que le había hecho la promesa de que nada ocurriría, además de que no
tenía ninguna protección.
Al apartarme de ella
abruptamente ensucié su cuerpo y la sábana del baño con los líquidos de la
naturaleza. Ella, frente a la potencia del deseo hubiera cedido, pero en mi
caso ninguna fuerza podía ser superior a mi voluntad. A las cuatro y media de
la mañana de Santa Claus ella podía certificar, como me lo había dicho a mí,
que todavía estaba virgen.
Seguíamos viéndonos
cuando llegaron las vacaciones de Semana Santa. Había comprado condones y
esperaba esta vez llevar a cabo lo deseado. Me llamó:
—Por la Semana Santa
me voy de vacaciones con mi amiga Anny.
Mi ambicioso proyecto
se derrumbó. ¡Qué rara esta chica!
Como trabajaba el
sábado, ella tenía un día libre en el transcurso de la semana; yo en el PDC
tenía hora y media libre durante el almuerzo. La convencí de venir por tren y
la esperaría en la estación con mi coche para ir a dar una vueltecita en el
bosque de Fontainebleau.
Otra vez no hubo
resistencia; una vez en el lugar retirado del bosque, que yo conocía bien,
bajamos del coche. La camioneta Ford Taurus era muy larga; los sillones de
atrás se doblaban completamente. Uno podía dormir dentro; muy apredatidos, dos.
Abrí la puerta
trasera. Cuando vio la instalación dio un paso hacia atrás. La tomé en mis
brazos y delicadamente la llevé hasta el interior recostándola boca arriba.
Llevaba una falda, fue fácil levantarla. Al sentir que le quitaba las bragas,
trató débilmente de mantenerlas; su pubis apareció levantado hacia mí,
acariciándola poco a poco comencé a introducir mi anular, y más y más, poco a
poco hasta que entró todo, sin que hubiera ni un grito, ni un sobresalto, ni…
una gotita de sangre. No era virgen. Eso me desarmó. Saqué mi dedo, lo sequé
con sus bragas, que eché dentro del carro desencantado por su manera de
engañarme.
Al día siguiente me
llamó:
—No quiero que nos
veamos más.
—Eres manipuladora.
Me has dicho que eras virgen, lo que me sorprendía a tu edad, pero me lo habías
asegurado. ¿Qué pensabas que no me daría cuenta un día u otro?
—Pues no soy como las
otras.
Con tal contestación,
pensé otra vez: “Hay algo anormal con esta chica”. Y pasé revista de lo que me
había parecido fuera de lo normal en esta relación abortada.
Revisemos los hechos
desde el primer día.
1.
Fue
ella quien me buscó para conversar.
2.
Al
primer beso me presentó su boca entreabierta, como si ya la pasión y el deseo
la hicieran abrir sus labios para dejar pasar la lengua.
3.
La
manera de agarrarme el pene brutalmente, como si fuera un mango de pico y
soltarlo inmediatamente.
4.
Engañándome
diciendo que era virgen.
5.
Irse
de vacaciones con una amiga cuando hubiera podido ir conmigo.
Una tarde poco
después, recuerdo, que la acompañé en mi coche a su casa, paré delante de una
carnicería para comprar un trozo de ternera para la comida del día siguiente.
Cuando regresé al carro ya no estaba ahí.
Nunca volví a verla.

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