¿Te acuerdas amigo?, te había contado brevemente mi corto idilio —cuando trabajaba en la caja de seguro familiar— con una joven empleada del lugar, romance que ella misma rompió. Casi un año más tarde fue cuando llegó la tarjeta de Bretaña.
No iba yo a echar oídos sordos, descolgué el teléfono y la llamé.
—Renée, recibí tu carta. Te parecería bien que nos viéramos algún día.
Nos citamos. Volvimos y volvimos a citarnos. A mi pregunta “¿por qué me mandaste esa postal?”, me contestó: “No sé, pensaba que no vivías más con tu esposa”.
Nunca le había dicho algo que hubiera podido ponerle eso en la mente. Si así hubiera sido no me habría rechazado para un año después manifestarse.
Realmente había algo raro que motivaba la manera de portarse de aquella chica, su primer beso, su ruptura, esta búsqueda de una nueva relación: había gato encerrado. Decidí encontrar “el porqué del cómo”.
Seguimos viéndonos en lugares públicos, con sólo unos besos y mis manos como en la lucha grecorromana: nunca por debajo de la cintura.
Llegó la Nochebuena.
—¿Quieres que salgamos juntos esta noche?
Sin vacilar accedió. No le pregunté lo que le gustaría.
En el curso de mis viajes entre mi domicilio de París y la casa de mis padres había localizado un pequeño “Hotel-restaurant”, aislado entre dos pueblitos.
—Sí señor, estamos abiertos, pero únicamente las recámaras. No habrá comida esta noche.
—Bueno, me da igual. Haré un viaje del macizo central hasta Normandía, seremos dos, comeremos antes. Llegaremos entre las nueve y las nueve y media de la noche.
A Renée le confirmé que estaría con mi coche delante de su casa a las ocho y media.
“Es una sorpresa”, contesté a su pregunta de a dónde iríamos.

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