En la cocina no eran más que tres: el patrón (“Chef”), un ayudante principal —un chico un año mayor que yo— y su hijo como segundo ayudante, de mi edad. En el restaurante había otro joven como mesero. Cuatro chavales bien amigos que no perdían ninguna oportunidad de divertirse.Teníamos horas libres de las 3 a las 6 de la tarde. En el primer piso existía una habitación que, por todo mobiliario, tenía unos colchones. Nos la había hecho descubrir el hijo del dueño. Enseguida, sin concertación, cubrimos el suelo con los colchones y nos extendimos como para descansar. No tardó en que uno hizo hablar al de lado, quien a su turno dio codazos a otro, que a su vez contestó con una patada. Y la idea nos vino a todos:
—¡Quitémonos los zapatos!
—Sí, y también el sueater.
—¿Y qué?
—Vamos a hacer catch as can (una luchita de atraparse como se pueda).
Sin tardanza cuatro pares de brazos y de piernas revolotearon por el aire. Las manos tratan de coger algo que pasa a su alcance. Todo está permitido, hasta los dientes se usan para morder un dedo de la mano o del pie; sólo un grito de dolor puede hacer que se abandone la llave.
Ese divertido pasatiempo se repitió de vez en cuando y cada vez con más intensidad, lo que al final hizo que nos cansáramos de tanta brutalidad.
Teníamos otra diversión.
El restaurante se situaba debajo de una callecita cerca del río. Atraídos por los olores más finos que en otros barrios, las ratas gourmet acudieron a los alrededores y consiguieron entrar, nunca supimos por dónde, y rondaban por el patio entre la cocina y la sala. Para reducir el número había una trampa y una perrita adiestrada para lidiar con esa atrevida e inteligente especie.
En una ocasión, al ver a la perra una rata se escondió debajo de un mueble colocado en el patio. La perra se puso a ladrar delante. La rata se quedó en su refugio. Fue la hora en que nosotros intervenimos armados de escobas y bastones, asustando al animal hasta que prefirió salir para ya no recibir golpes.
La perra la esperaba, pero como no podía ver de qué lado iba a escapar, nunca la podía agarrar directamente. Con la perra ladrando detrás de ella, la rata huía de un rincón al otro del patio para finalmente refugiarse de nuevo debajo del mueble. La escena, para nuestra gran diversión, se repitió tres o cuatro veces antes de que la perra entendiera de qué lado saldría siempre la rata. La perra se colocó delante del sitio de escape y la agarró.
En cuanto a la trampa, era una suerte de jaula de alambre con un trozo de queso dentro y una puertita abierta. Cuando una rata entraba en la jaula, la puerta se cerraba. Al fondo del patio estaba el baño para el personal, un cuarto de poco más de un metro cuadrado con la taza al centro. Ahí llevábamos la trampa con su contenido y la colocábamos sobre el suelo. Nosotros cuatro, posados encima de la taza, apoyando una mano contra la pared. En el suelo la perra y la trampa. Se abría la puerta de la trampa, la rata se escapaba; la puerta del baño cerrada, el pobre bicho no podía más que dar vueltas alrededor de la taza perseguida por la perra que, más gruesa, tenía dificultades para acercarse y atraparla. Así, la corrida tardaba varios minutos a nuestros pies, mientras nosotros gritábamos como gallos, sin que, extraordinariamente, se rompiese la taza.
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