Misceláneos 024: L’Auberge St. Jacques (I)


Dada la movilización no me costó mucho tiempo encontrar un empleo en el restaurante más apreciado de la ciudad. El chef, dueño, alto, barrigón, el gorro alto bien encasquetado hasta las orejas, conocido como el mejor cocinero del estado.

Ahí el personal me aceptó sin apatía.

Iba y regresaba de mi trabajo piernas abiertas sobre la bicicleta que se me había comprado al final de la primaria. Cansado de raspar el manubrio con las rodillas, con el dinero del primer mes me compré una de mayor rodada ¡y de carreras, con un cambio de velocidad!

Una mujer se encargaba de dirigir el comedor del restaurante, Germaine. Me simpatizaba, era bajita, seca, más que delgada, con ademanes de amargura, y muy cuidadosa de todo en la sala, con la confianza del patrón; preparaba las cuentas, recibía el dinero, lo que nos hacía pensar que había sido amante abandonada por éste. No era mala persona.

Había una mesera delgada con un rostro de dulzura encuadrado en un cabello color castaño peinado en rizos que colgaban de cada lado de su cabeza. A lo largo de los meses me invadió una sensación que no conocía. Me daban ganas de quedarme con ella, siempre me venía a la cabeza algo que contarle. Me escuchaba, me contestaba. Me atreví: dos o tres regalitos. Me daba las gracias con una sonrisa. Me atreví más: para su cumpleaños le compré un libro bien bonito, que elegí sobre todo por su título: “La mujer de 30 años” —que era la edad de ella— de Flaubert. Las gracias me parecieron más frías que de costumbre.

Una mañana faltó a su trabajo sin dar razón alguna. Vivía cerca del restaurante. Sin pensarlo siquiera corrí a su casa, subí corriendo hasta la puerta de su departamento.

Toqué. Pasé. Me contestó una voz débil.

Estaba en su cama.

—¿Qué pasó? ¿Qué tiene usted?
—Tomé medicinas para matarme.
—¡Espérese! ¡Llamo al médico!

Estaba yo cerca de la cama. De repente, sin reflexionar, me agaché hacia su rostro y le di un rápido beso en la mejilla.

Recuperó su voz.

—André, si vuelve a hacer eso nunca más le hablaré.

Unos años después nos encontramos, tomamos un café y le recordé esa mañana.

—¡André, tenía usted 17 años!


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