Misceláneos 023: Primer éxodo

Bolsas, maletas, hasta baúl, el equipaje era copioso. Esos primeros días de octubre, soleados, quería verlos como los últimos de mis vacaciones. En el tren, a mi lado mis padres no intercambiaban una sola palabra. Eso no me extrañaba, como se lo diré, pues a mi padre lo conocí siempre avaro en palabras.

Un largo viaje, casi una jornada, dejando el departamento de París sin saber si algún día lo volveríamos a ver. Un nuevo “viaje al final de la vida”. El convoy, atestado de gente, llevaba hacia el poniente a evacuados forzosos, no políticos, sino funcionarios del gobierno, para trabajar allá.

¡Nantes! Un uniformado con quepís grita: “¡Nantes, que todos bajen!”. Familias y familias en el andén, la mayoría sin saber a dónde ir.

Mis padres y yo pasábamos unas noches en un hotel de tercera categoría buscando angustiosamente un piso amueblado. Había competencia. En seguida la ley de la selva.

Encontramos una casa burguesa con muchas habitaciones y un jardín tan extendido como descuidado, pero bien calculado el precio del alquiler: fuera del presupuesto familiar.

En esto se toparon mis padres con la pareja en casa de la cual yo había sufrido mi ataque de apendicitis, que habían venido en el mismo viaje y en la misma situación.

Compartimos el alquiler y la casa.

Pusimos dos conejos de crianza en el jardín para que se comieran la hierba; los pobres apenas podían caminar de haber vivido en una jaula.

La movilización a favor y mi calificación de exalumno de la Escuela Hotelera de París hicieron que no tardara en trabajar en el hotel más importante de la ciudad. Rápidamente conseguí la admiración de todos en mi trabajo. Les quité el miedo a que no salieran bien los dos litros de mayonesa que se necesitaban cada día. A mí no me daba nada de miedo al echar en la cazuela de barro una docena de yemas y litro y medio de aceite para, en poco tiempo, hacer cuajar la amalgama. Era lo único que había aprendido en la escuela. Aquí estaba el salvador… más aún, un héroe.

Enero 1940, nos llega un telegrama; mi abuela acababa de padecer una hemiplejía. No había que andar con rodeos. Mi madre y yo tuvimos que irnos a la ciudad y a la casa de mi infancia sin saber cuándo volveríamos a ver a mi papá, que se quedó en la inmensa mansión en compañía de la pareja amiga (más con la amiga que con el amigo, pienso yo).


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