Les recuerdo que antes de ser escuela de idiomas había sido escuela hotelera. El director, siendo el mismo, conocía a directores de prestigiosos hoteles en los cuales sus alumnos iban a practicar durante las vacaciones. A los que, como yo, habían sido iniciados en la nueva escuela, nos propuso ir a trabajar, si nos parecía bien, ya sea en la cocina o en la sala de uno de los restaurantes de alguno de esos hoteles.
Había uno, el Majestic, en la estación veraniega de la Costa Atlántica. Todavía no conocía el mar. Me interesó, pero en la cocina no, en la sala sí, al igual que a dos de los otros alumnos.
Entre el Majestic y el mar estaba la playa.
Alojado, alimentado, una hora libre por la mañana, más de tres por la tarde: un rinconcito de Paraíso para mí. Un solo punto: desgraciadamente no sabía nadar. Pronto envidié a mis dos compañeros, que veía allá lejos de mí, en el mar, mientras que yo solo, de pie en la arena, me quedaba sin saber cómo pasar el tiempo.
Tampoco me divertía cuando, después de la cena, al salir de paseo, mis cuates se precipitaban sobre el pequeño barco de un supuesto instructor de natación al que nunca veíamos en el agua, quien lo dejaba de noche en la playa. Mis compañeros tomaban la embarcación y, remando festivos, la llevaban hasta una plataforma de madera que flotaba unos cien metros mar adentro, desde la cual hacían sus prácticas los alumnos del instructor. La ataban ahí y se regresaban nadando hasta la playa. Por la mañana el “señor músculo” debía desvestirse e ir nadando a recuperar el barco, mientras mis camaradas, ya en horario de trabajo, desde el restaurante miraban la escena y se decían uno al otro en asombrosa exclamación: “¡Ves, sí sabe nadar!”.
Mis condiscípulos, apenados de verme tan infeliz, decidieron enseñarme a nadar; para ello compraron una pelota que me introdujeron en el calzón de baño para mantenerme las nalgas arriba. Y se reían al verme chapotear tratando de seguir sus consejos. No fui muy eficaz pero por lo menos me distraía.

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