En esa escuela a todos se enseñaba únicamente el inglés, el español, el alemán y literatura francesa. De esta última se encargaba el mismísimo director. Unos quince alumnos, no más.
Sola motivación: almacenar, amontonar, las reglas gramaticales y el vocabulario de cada uno de esos idiomas; ni notas, ni exámenes, ni tarea fuera de la escuela. Cada alumno era él mismo responsable de lo que iba a adquirir. Un sueño para mí desde los catorce y medio hasta los diecisiete años.
Ninguno de los tres profesores era francés.
El de alemán era austriaco, hablaba perfectamente el francés, alto, fuerte de constitución. Casi cada semana nos aconsejaba: “Aprendan el alemán, aprendan. Les servirá”. Al final del último año de clases supimos que nuestro profesor de alemán no era profesor más que dos veces cuatro horas por semana que pasaba con nosotros. Eso era legalmente su profesión, pero su verdadero oficio lo realizaba en el contraespionaje francés.
Nuestra profesora de inglés tenía un acento inglés, a pesar de ser de origen ruso. La revolución leninista fue la base de una fuerte migración de la aristocracia zarista; muchos vinieron a Francia, el francés era el idioma que se usaba en la corte del Zar. Nunca supimos por qué la familia de nuestra profesora se había ido primero a Inglaterra y luego a Francia. No sabía enseñar.
Había elegido un libro de estudio que contenía a la vez gramática y literatura pero más literatura que gramática. Así se notaba su origen aristocrático.
Su curso seguía lo del libro sin más explicaciones; en cuanto al acento, poco le importaba corregirnos.
Al final del segundo año escolar, uno de los quince alumnos se fue de vacaciones a Inglaterra. Al regresar a clase hablaba un inglés que sólo la profesora entendía. Un abismo entre él y nosotros que seguíamos masacrando a Shakespeare.
El profesor de español, muy caballero, un poco más de los cincuenta, tenía él un problemita con la “r” francesa, pero a nosotros nos exigía que la “r”, la “doble r” y la “j” nos saliera de la boca como si fuéramos como él, madrileños.
Gramática, dictados, lecturas se sucedían solamente entrecortados de algunas anécdotas de la vida en su país. Nos caía bien. Nunca supimos desde cuándo y por qué vivía en Francia. A pesar de que el ejército del general Franco estaba invadiendo cruelmente España, le suponíamos nosotros, injustamente o no, de haber huido del gobierno republicano. De eso nació el drama:
Un día, contando una de sus anécdotas, nos dijo: “Cuando vine a Francia no se necesitaba, no existía el pasaporte”. A lo que un alumno contestó: “Por eso pudo usted entrar”. El caballero se cambió en toro bravo. No hubo más anécdotas pero sí más y más dictados. Gracias a este alumno puedo hoy escribir este blog.
Fuera de ese penoso incidente y sus consecuencias, nuestra existencia en la escuela transcurría agradable; disponíamos de hora y media para el almuerzo. Varios alumnos, entre ellos yo, no teníamos suficiente tiempo para regresar a su casa. Los padres nos daban dinero para ir a comer en el restaurante estudiantil. Muy escasamente fuimos clientes de este lugar.
Con ese dinero comprábamos una baguete y una tabletita de chocolate y, con lo que quedaba, nos íbamos corriendo a ver la segunda función en los cinemas del barrio. Uno cada día, que proyectaba la misma película desde las 10 hasta media noche. ¡Ah James Cagney golpeando a los malos, y los truculentos descuidos de Lawrel y Hardy! ¡Los veíamos todos!
A las cinco y media de la tarde salíamos y, en vez de regresar directamente con nuestra familia, íbamos a dar una vuelta en la larga “sala de los pasos perdidos” de la estación de ferrocarril de San Lázaro con un solo ejemplar del español Diario de Burgos ?el último diario de la República? exhibido en el pecho, simulando ser vendedores ?sin vergüenza en contra de nuestro simpático profesor, de quien nunca supimos de qué había huido.
Llegaron las vacaciones, cerró la escuela definitivamente por causa de la Segunda Guerra Mundial.
Los profesores desaparecieron, el director se refugió en su pueblo natal, donde logró ser el alcalde.

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