Misceláneos 019: Debut y despedida

Había salido del atolladero pero con algo positivo. Durante esos cinco meses por primera vez tuve interés en frecuentar al sexo opuesto. Más arriba les mencioné que la escuela era mixta, con mayoría del “sexo fuerte”, y perdidas en la mar masculina algunas muchachas.

Una en particular se me antojaba. Debía tener un año de edad más que yo y ya mujercita, sonriente y bien cuca.

¿Tenía yo la oportunidad de intercambiar unas palabras con ella? No la dejaba pasar. Me contestaba como cualquier cuate, de manera amable. Estimulado busqué más oportunidades y luego cambié mi dialéctica. A partir de ese momento sentí que me evitaba. No me costó mucho tiempo darme cuenta que el lugar estaba ocupado. ¡Ni modo!

El respaldo de la silla delante de mi mesita de estudio en el aula estaba más que lleno; de cada lado rebosaba el suéter gris de una joven alemana. A menudo volvía la cabeza hacia mí para decirme o preguntarme algo. La ayudaba en sus tareas de francés y me hacía las de alemán. Me parecía que podía platicar con ella de cosas más importantes. De pie casi estaba más ancha que alta. Claro que tenía un par de tetas que al inocente chico que era yo le daban ganas de ver, de sopesar, de palpar, de manosearlas. Pero no, definitivamente no, u silueta —demasiado lejos de los criterios que tenía de la estética— me hizo renunciar a mis intenciones; seguimos con las declinaciones del alemán y el rompecabezas de los participios pasados del francés.

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