Primero me quitaron las amígdalas. ¿Anodino? ¡No tanto en esa época!
El doctor colocó la silla frente a la ventana. Yo, ya con mi pijama.
—Siéntate. Abre la boca. Más… bueno. Te voy a echar algo que es muy frío. No cierres la boca.
Y mantuve los ojos tan abiertos como la boca. El doctor me introdujo algo brillante —no puede ver lo que era— entre los dientes.
El dolor fue bastante agudo.
—¿Dónde está el agua esterilizada?... Gracias
—Enjuágate la boca.
La devolví rosada.
—Bien. Pónganlo en la cama a descansar. Que se quede unos cuatro días en la cama. Volveré a verlo. Denle de vez en cuando unas cucharaditas de helado.
Una semana de curso perdido. Una semana a ritmo de mi maestro me perjudicaba; pues ni modo, trataría de recuperarla.
Pero mala suerte. Una pareja amiga de mis padres nos había invitado “para el próximo domingo” a almorzar a su casa: la inevitable pierna de cordero asado. No pude degustarla. De repente cólicos, temblor y vómito hicieron que interrumpiera la comida.
Al ver que continuaba en ese estado, todos decidieron que había que llamar al doctor.
El domingo en Francia la gente no trabaja. Por supuesto el doctor de cabecera de los amigos no estaba en su casa. Mi padre tuvo que recorrer el barrio y traer agarrado por la chaqueta a un médico malencarado.
Diagnóstico: apendicitis.
—Cuanto más pronto lo operen mejor pasará el mal rato.
El hermano del doctor de mis abuelos era cirujano. Así, fue decidido que regresaríamos a la provincia, no solamente a la vieja Orleáns, sino específicamente a la casa de los abuelos para la operación.
—Laven bien todo el comedor, el suelo y los muebles y cubran todo con sábanas —ordenó el doctor.
Solo, sobre la mesa oval, los dos hermanos me pusieron semivestido, bocarriba, los cuatro miembros amarrados a los cuatro pies de la mesa con toallas. Me aplicaron una bola de algodón empapada de éter… Fue rápido, todo desapareció.
Desperté en mi cama con nauseas.
—Nada de comer ni tomar hoy; mañana una cucharita de agua azucarada de vez en cuando. Pasaré a verlo.
Al otro día:
—De dos cucharitas pasamos a media copa, del agua a manzanas en puré, de manzanas a papas —ordenó el doctor—. Pasaré a verlo pasado mañana.
Pasado mañana:
—Ahora lo puede alimentar libremente. Que se quede una semana en la cama. Pasaré a verlo.
Una amiga vecina de mi edad venía a visitarme, pero no podía reír. Me dolía reír, me dolía…
—Bueno. Ahora puede levantarse para, al principio, caminar muy poco. Dentro de dos semanas le quito las grapas de la herida.
Él lo olvidó… ¡yo también! Y fue al ver una en el suelo que lo llamamos.
Esta vez había perdido un mes de cursos y estaba muy inquieto porque se debía lograr una buena en el examen final de la primaria para poder entrar en la secundaria.
Pasaron dos o tres meses. Me aparecieron dolores en la uretra al hacer la pipí. Me asusté. No me atrevía a decirlo a mis padres. Tenía vergüenza. Claro, no había respetado el juramento que me había hecho una noche un año antes.
Por fin tenía que decirlo, pero… ¿a quién?, ¿a mi padre o a mi madre? Mejor a los dos de una vez.
Para mi sorpresa no hubo más reacción que un “déjanos ver”. No vieron nada particular.
Nos habíamos mudado y ahora estábamos lejos de nuestro doctor. Vino uno de nuestro nuevo barrio; un hombre mayor, de cabello blanco, un poco encorvado por los años y cuyo apellido me parecía normal: era judío y ni siquiera tuvo que ver el objeto de mis dolores. Solo al saber mi edad adivinó la razón:
—Hay que operarlo de la circuncisión —dijo como si nada.
Fueron mis padres quienes al momento más fueron afectados por el diagnóstico: “Una tercera vez este año vamos a tener que gastar dinero en operaciones”.
—Tengo un amigo cirujano que lo hace en su gabinete. Conmigo es nada. Cuando quieran.
Era urgente únicamente porque me dolía.
—La semana próxima. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —contestaron mis padres.
Al oír esas últimas palabras. En mí nació más que miedo… terror. ¿Por qué? Porque la palabra operar me hizo recordar la operación de la apéndice. Retrospectivamente me vi cómo en muy poco tiempo había perdido conciencia. Que alguien hubiera podido tocar, modificar mi persona, sin que yo pudiera controlarlo, intervenir: ¡Todo fuera de mi lucidez! Ahí residía mi terror. No quedar totalmente conciente, lúcido; no poder actuar, dirigir, manejar, aceptar o rehusar según mi propia voluntad.
En estado de espíritu estaba cuando llegué al gabinete del cirujano. Sabía que al final sería anestesiado, pero me juré a mí mismo que les haría vérselas negras para lograr su objetivo… Y así fue. Hice tal circo que casi diez minutos tardaron en dominarme mientras mis padres se asustaban en la sala de espera al escucharme gritar, gritar y gritar como si estuvieran matándome.
Otra vez ocho días sin cursos. Fallé el examen. Tuve que repetir.

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