Comprada, la toma mi papá de uno de los manubrios y yo dando vueltas alrededor. Llegamos a calles con casi nada de tráfico. Bacilaba mi padre pero, ante tanta impaciencia de mi parte, “¡Ni modo, ándale!”.
Mi papá, el sillín en una mano y la otra bien recta. Salté, agarré el maubrio y empujé los pedales; él tuvo que saltar el sillín. Al principio la bicicleta y yo íbamos un poco a la derecha y un poco a la izquierda, otra vez a la derecha y de nuevo a la izquierda… pero pronto entendí que cuanto más apoyaba en los pedales más recto iba y ¡más corría!
A la derecha había una calle que daba hacia la casa. Sin aminorar la velocidad torcí por la calle, pero… ¿qué?... un caballo, uno de esos enormes, tirando de una carreta de carga de cascajo en medio de la calle. ¡Pánico! ¿Por dónde voy? ¿Derecha? ¿Izquierda? Al tiempo de reflexionar, de vacilar, me encontré en las patas del monstruo, parado, bien quieto, viendo a la bici yaciendo a sus pies.

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