Jamás había escuchado en mi familia pronunciar palabras de amor. “Te quiero” no estaba en el vocabulario casero. Nunca supe cómo mi papá y mi mamá se conocieron. Lo sentimental no se contaba; ni lo de nosotros ni lo de los vecinos ni lo de los extraños —por lo menos cuando yo estaba presente— y a fortiori tabú lo que hubiera podido sonar a lo sexual. Si no estuviera aquí, bien vivo, yo podría pensar que era una familia de asexuados.
Roland, el tercero de mis cuates era jovial, locuaz, parlanchín. Su madre era la portera de un inmueble de departamentos. Tenía una hermana de entre 6 o 7 años; nosotros 12.
No lo veía en el bosque ni en la calle. Sólo nos tratábamos como condiscípulos, nunca fuera de la escuela.
En las aulas cada mesa estaba hecha para dos alumnos; la tabla después de soportar arriba un tintero al centro y otro a la derecha, se inclinaba hacia un banco.
Roland a mi izquierda redactando acerca del tema: “¿A qué oficio le gustaría dedicarse en su vida y por qué?
—Dentro de 35 minutos recojo las hojas —anuncia el maestro antes de sumirse en la corrección de los dictados que habíamos hecho antes.
Roland, sin parar de escribir, en un soplo me lanza:
—Pon tu mano en mi bolsillo.
Me extrañan esas palabras. No veo para qué, me quedo quieto.
Más imperativo insiste:
—¡Pon tu mano en mi bolsillo!
Echo un ojo hacia el maestro. Todavía está corrigiendo. Pongo mi mano en el bolsillo. No había nada.
—¡Más al fondo, más, más!
Hago lo que me dice. Siento algo duro y bien calientito; a través de su pantalón agarra mi mano e inicia un movimiento de ida y vuelta y luego y luego deja que lo haga solo. De repente el maestro se mueve. Saqué rápidamente mi mano del bolsillo.
—Ah, justo cuando iba a ocurrir —dijo Roland.
No entendí lo que podía ocurrir. En seguida subo mi mano sobre la mesa. Un olor de pescado descompuesto llegó a mis narices; Roland no se había bañado desde hacía unos días, seguro.
La escuela poseía un taller de carpintero con bancos de trabajo largos y anchos, así que en cada lado podía trabajar un alumno.
Roland de un lado y yo del otro trabajamos en el mismo banco.
La lima entre las manos, Roland me dice:
—Asómate por debajo del banco.
Pienso que se había caído algo. Lo que veo no es una herramienta de carpintero, sino fuera del pantalón de mi cuate su propia herramienta, la que el otro día olía tan feo y fuerte, tiesa, larga y rojo malva.
Se acercaban las vacaciones, clima veraniego, había en el patio de la escuela, contra la pared, un banco de piedra en el cual durante el recreo unos chamacos solían sentarse al sol y al igual que Roland abrían su bragueta y exponían su erección fuerte a un semicírculo de admiradores.
Claro que todo eso me dejó un poco perplejo.
En casa, en el diván, me dormía boca abajo. Una noche sentí unas como picazones en el pene, con tal intensidad que me daban ganas de restregarlo contra la sábana. De repente sentí una quemadura fuerte dentro del pene; juré, ¡pobre de mí!, que nunca jamás haría eso. Y así instantáneamente me dormí dejando sobre la cama el húmedo testimonio del suceso.
Pasados unos días, al regresar a casa de la escuela, percibí en una silla una revista. Sorprendido me acerqué y la abrí. Era de fotografías con mujeres semidesnudas. Como mi madre volvía a casa casi a la misma hora que yo, la hojeé muy rápidamente y propuse volver a verla al día siguiente. Volví a colocarla donde la había encontrado. Al día siguiente ya no había revista. Me la habían dejado a propósito y eso fue todo, absolutamente todo, lo que recibí de educación en lo que se refiere al sexo.
Por supuesto esta fugitiva idea de que lo que era el otro género y como se usaba me dejó insatisfecho. Reflexioné unos días sobre este tema y concluí que la única solución posible era Roland.
—Dime Roland, ¿y las mujeres qué tienen allá?
Un momentito de silencio y…
—Pues nada.
La contestación no me satisface. Insisto varias veces para no recibir más que un “¡Nada!”. Y finalmente un día, de mal humor:
—Ándale, el próximo jueves —no había curso en la escuela los jueves? pasa por mi casa a las diez de la mañana. Te daré a ver con mi hermanita.
No olvidé la cita.
Como lo había comentado, su mamá era portera, y la casa donde vivían no tenía más que dos habitaciones cerca de la entrada del inmueble: una recámara y algo como un comedor con una puertecilla mitad madera y mitad vidrio que daba a la entrada. Roland estaba nervioso. Llamó a su hermana. La agarró por debajo de las axilas, la puso de pie sobre la mesa y guardando siempre un ojo hacia la puerta levantó la faldita de la niña y empezó a bajarle las bragas.
Hubo apenas el tiempo de alcanzar medios muslos cuando la niña empezó a dar gritos como para despertar a un tronco.
Roland le levantó rápidamente las bragas y puso a la hermana en el suelo.
Salí a la calle escéptico. Claro que no había visto “nada”, pero por fuerza debía haber algo.
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