Misceláneos 14: Mis tres cuates

Uno de mis cuates, cuyo nombre no recuerdo vivía, en la “zone”. La zona era una línea alta de gran espesor de tierra sembrada de fortines que habían sido edificados después de que París hubiera sido amenazado por la invasión prusiana entre 1870 y 1872. Una vez obsoleta, inútil, poco a poco la parte este y norte fue ocupada por familias sin posibilidad financiera de alojarse. Era un laberinto de callejoncitos estrechos, bordeados de chabolas entre las cuales corrían aguas negras de charco en charco (es hoy el periférico parisino).

Era un chamaco manso, tranquilo, alumno medio listo y sin problemas. Como se nos veía a menudo juntos nos eligieron, al igual que otras parejas de alumnos, para ir por ciertas calles del barrio a colectar para el “Día de la Cruz Roja”, yo provisto de un cojín en el cual estaban pinchadas agujetas con una banderita con el símbolo de la honorable institución. Mi compañero llevaba una caja cilíndrica de zinc en cuya tapadera (asegurada con una punta de soldadura) había una ranura para recibir las moneditas de los transeúntes caritativos.

El barrio que debíamos recorrer era de gente modesta, y además poco poblado; los contribuyentes no se empujaban para cooperar.

Pasaba el tiempo y la cajita no se hacía muy pesada, a pesar de que concienzudamente yo colgaba a la chaqueta de cada uno de los bienhechores una de mis pequeñas insignias.

En algún momento, mi acompañante me tomó amistosamente del brazo y me arrinconó en una calle que cruzaba.

—Pero no, no por acá. No es de nosotros por allá —le advertí.

No me contestó y aceleró sus pasos hacia un rincón aislado. Con precaución levantó de un lado la tapa de la caja e hizo deslizar monedas en su mano. Yo tenía miedo. Sabía que algo malo iba a ocurrir. Él se dio cuenta de eso.

—Ven, vas a ver.

Otra vez dimos un rodeo y en esquina de la manzana apareció una tienda de dulces.

Mi compañero, caja en una mano, monedas en la otra, señala tranquilamente, sin apurarse, a la vendedora caramelos, bombones y chicles.

La escena se repitió.

Al final de la tarde mi cojín estaba virgen de banderitas, la caja todavía ligera y mis padres preocupados porque a pesar de una larga jornada de caminata no tenía ni el más mínimo deseo de comer.

Robert
El segundo, Robert, estaba taciturno todo el tiempo. Hablaba pocas palabras, no le gustaba correr; sólo quería sentarse al pie de un árbol, sacar de su mochila una bola de pequeños camiones de guerra, blindados, soldados de plomo y, desplazándolos entre y sobre las raíces, para hacerlos actuar como si fueran de verdad.

Un día me pasó por la cabeza que le faltaba un tanque: pero no cualquier tanque, un tanque así y asado, pensaba yo.

Él conocía una tienda donde se vendían juguetes. Entramos y preguntó por su muy particular tanque. El dueño se fue a buscar en su surtido y afligido regresó con uno: “Tengo esto”, dijo.

—¡No! No… ¡Este no me gusta! ?exclamó Robert y salimos de la tienda caminando.

Pronto escuchamos correr a alguien. Me volví. Era el dueño que dirigiéndose a Robert gritó: “Devuélveme el camioncito que me robaste”. Robert sacó el camión de su bolsillo, se lo devolvió y sin más palabras seguimos nuestro camino.

Roland
De él les hablaré en la próxima entrega, porque el único punto común que él tenía con los otros dos es que todos eran hijos de madres solteras y que él, al contrario de los otros dos, fue fundamental en el origen de un cambio de mi persona.

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