Apenas el tren se había puesto en movimiento, mi abuela con ardor se encargó de mí.
—No llores más… ¿No te gusta estar con abuelita? —me preguntó cariñosamente— No te vas a aburrir conmigo.
No me dio tiempo para aburrirme. Le sobraba capacidad para ello, pues gracias a una ley que desde hacía décadas instituía la escuela obligatoria, mi abuela, de muchacha, se había beneficiado de una instrucción tanto gratuita como perfecta, gracias a maestros que creían en su misión, y alumnos que, fuera cual fuera su clase social, por primera vez en la historia podían esperar un mejor futuro por el estudio.
—No quisiste ir a la escuela para niños. Entonces yo te voy a enseñar lo que ya a tu edad deberías saber: la hora. Te voy a enseñar a leerla.
Pero el reloj de la pared tenía cifras romanas. Me costó tiempo para entender que esos trazos verticales, los inclinados y los que se cruzaban pudieran significar algo.
Las cifras, tal vez, me fue más fácil aprenderlas. Mi abuela colocaba sus dos manos, las palmas sobre la mesa, y doblando los dedos me incitaba a indicar el número de los que quedaban extendidos. En lo que se refiere al alfabeto, ella compró un libro ilustrado con la primera letra agrandada en el nombre de cada objeto dibujado. Estaba listo para la escuela.
Son nebulosos mis recuerdos. Era la edad y el mes para entrar en la primaria: un patio grande, largo, ancho, con árboles; un montón de chamacos que corrían, se interpelaban y gritaban, jugando. Una maestra dijo:
—Su nieto tiene la vista muy mala. Lo voy a sentar en primera fila.
Esos son los únicos recuerdos del único año que pasé en esa escuela. Pero había aprendido a leer y escribir.
—No llores más… ¿No te gusta estar con abuelita? —me preguntó cariñosamente— No te vas a aburrir conmigo.
No me dio tiempo para aburrirme. Le sobraba capacidad para ello, pues gracias a una ley que desde hacía décadas instituía la escuela obligatoria, mi abuela, de muchacha, se había beneficiado de una instrucción tanto gratuita como perfecta, gracias a maestros que creían en su misión, y alumnos que, fuera cual fuera su clase social, por primera vez en la historia podían esperar un mejor futuro por el estudio.
—No quisiste ir a la escuela para niños. Entonces yo te voy a enseñar lo que ya a tu edad deberías saber: la hora. Te voy a enseñar a leerla.
Pero el reloj de la pared tenía cifras romanas. Me costó tiempo para entender que esos trazos verticales, los inclinados y los que se cruzaban pudieran significar algo.
Las cifras, tal vez, me fue más fácil aprenderlas. Mi abuela colocaba sus dos manos, las palmas sobre la mesa, y doblando los dedos me incitaba a indicar el número de los que quedaban extendidos. En lo que se refiere al alfabeto, ella compró un libro ilustrado con la primera letra agrandada en el nombre de cada objeto dibujado. Estaba listo para la escuela.
Son nebulosos mis recuerdos. Era la edad y el mes para entrar en la primaria: un patio grande, largo, ancho, con árboles; un montón de chamacos que corrían, se interpelaban y gritaban, jugando. Una maestra dijo:
—Su nieto tiene la vista muy mala. Lo voy a sentar en primera fila.
Esos son los únicos recuerdos del único año que pasé en esa escuela. Pero había aprendido a leer y escribir.

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