Misceláneos 007: El despojo

Tengo que ser honesto, las muselinas a veces se arrugan, no sólo hubo lo de la escuela. Una mañana, vestidos para pasear, mi padre y yo, sin mi madre, aunque ella fue quien habló:

—Se van a ir a la peluquería —silencio absoluto—. Te llevan a cortar el cabello.

En un santiamén desaparecerían seis años de bucles que mi madre se había esmerado en hacerme conservar para su satisfacción desde el momento en que —¡oh frustración!— vio cómo había sido engañada por la imprevisible elección de la Naturaleza cuando la matrona le presentó un recién nacido gratificado con atributos que ella nunca hubiera esperado que su bebe poseyera.

Ahora tenía que romper con su obsesión. Se le había regalado un varón que ahora, visto de lejos, con sus bucles, parecía ser una muchachita con piernas de muchachito. De ahí la decisión de hacerme cortar el cabello.

Pasado mi estupor, me puse a llorar, llorar y llorar… Después a gritar, con alaridos de miedo, asustado, atemorizado al recordar las palabras de mi madre: “Cortar” ¡Cortar había dicho! ¿¡Qué!? ¿Me iban a quitar una parte de lo que era? ¿Mutilarme? ¿Despojarme de mi integridad física? ¿Y con qué? ¿Todos esos instrumentos que cortan, rasca, peores que los de la tienda de mi abuelo?

—Pero no duele, no te va a hacer ningún daño —no cesaba de repetir mi padre.

No consiguió convencerme. Seguía llorando con más ganas una vez sentado en el silloncito de la peluquería, chillando y pataleando frente a la perplejidad y gran confusión del maestro peluquero.

A partir de ese día tuve un cabello rapón, corto y lacio.

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