Dieciocho centímetros de altura y dieciocho de diámetro, de chapa esmaltada blanca y el reborde doblado era el objeto que cada mañana —el brazo tendido, la mano firme— mi mamá agarraba del asa para dirigirse hacia la estrecha cocina, colocarlo en el centro y después, bajándome el calzoncillo y el pantalón, con un movimiento de la barba me invitaba a sentarme sobre el instrumento copado entre el lavadero, la estufa y el taburete que estaba por debajo de la mesita, tan minúscula que ni siquiera podía llenar un papel de mesa.
Era la amenaza, el ataque a mano armada, el secuestro.
Se cerraba la puerta y sonaba la voz, ya lejana:
—Regreso en cinco minutos.
Cinco minutos de esfuerzos y desesperación. La puerta se abría:
—¿Entonces?
—¡No ma!
—Espérate, voy a echar un poco de agua caliente.
Mis nalgas enrojecían con el calor del vapor y eso era el único resultado.
—¿Pudiste?
Contestaba negativamente con la cabeza.
—Te voy a poner un supositorio de tu papá.
Los supositorios eran de mi papá porque él mismo les daba forma tallándolos de un trocito de jabón.
—¿Pues no? Entonces te quedarás aquí hasta que hagas.
Cuando, por fin, se me permitía pararme. La bacinica se levantaba pegada conmigo a mis nalgas. Era inútil continuar.
Recurrimos al médico. El me apoyó un dedo por aquí, dos dedos por allá, acá toda la mano, y poniéndose derecho, satisfecho de su auscultación, declaró muy docto: “Este niño tiene estreñimiento”.
Como vio que todos lo mirábamos interrogativamente, unos segundos después añadió sentenciosamente: “Estreñimiento crónico”.

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