Misceláneos 006: Merel

Según mis ojos de niño —y todo hace pensar que no se equivocaban— la vida familiar pasaba los días sin variaciones. Unicamente los domingos, de vez en cuando, arrugaban la muselina. Por ejemplo, venía Merel.

Merel había sido el ayudante de mi abuelo cuando éste tenía su tienda. Merel era de mentalidad simple, parecía vivir fuera del tiempo. La botella le era familiar, sin que abusara de ella. Contaba increíbles historias apoyándolas en dudosos argumentos, sin los cuales no hubieran tenido sentido. Me caía bien, se reía contándolas y me hacía reír.

Mis abuelos debían haberlo apreciado más allá de su trabajo. A veces venía a pasar la tarde del domingo con nosotros. Jugaban manille coinchée.

Un día, Merel —nunca supe si era su apellido o su nombre— nos anunció que había comprado un carro... ¡Extrañamiento general!

—La próxima vez vendré manejándolo y daremos una vuelta por la Sologne —nos advirtió.

La próxima vez llegó. El extrañamiento se transformó en estupor. ¡Un monstruo, hijos míos, el susodicho carro! Para que se den una idea, tienen que recordar los años 27 y 28 del siglo XX, con esos pequeños coches cúbicos, con estribos. En el de Merel también había estribos, pero de cinco metros de largo, tres puertas y —detrás de cada una— una fila de tres asientos, totalmente descapotada, una cajuela detrás donde hubiera podido caber un ropero, y delante un cofre como para guardar dentro una cuadra de caballos de príncipe ruso.

Estaba lejos de parecer nuevo el vehículo. Debió haber ser el carro oficial de algún alto dignatario de alguna de las potencias antagonistas de la guerra mundial ocurrida dos décadas antes.

Merel había abierto las puertas y la familia se dispersó dentro del vehículo.

Atravesamos el Loaire. En las pequeñas carreteras sinuosas de Sologne nos impregnaba de lleno la gallarda imagen y el penetrante olor de los pinos que las bordean. Tan penetrante que nuestro chofer y su carro no pudieron resistir y se detuvieron abruptamente en una curva hasta quedar con dos de sus ruedas sobre la cuneta.

No hubo más domingos con Merel.

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