Misceláneos 005: Horas fuera del mundo

Tenía seis años. Decidieron que debía aprender a vivir en comunidad.

—Vas a ir a la escuela, estarás con otros niños y jugarás con ellos.

Un muro alto y largo, gris sucio, una pequeña puerta al final.

—Buenos días, señora, le traigo a mi hijo. Ya le había hablado de él.

—¡Oooh, mira que niñito tan bonito! Con sus hermosos cabellos de risitos rubios.

Yo no tuve absolutamente la misma dialéctica en lo que se refería a esa señora: vestida de negro, rostro sin expresión ni sonrisa… Se parecía al muro.

Tras darme un apretado abrazo, mi madre me habló suavemente:

—Ale, nos vemos después mi cariñito. Regreso a buscarte al medio día.

Oscura niebla, derrota, naufragio… La mano que me arrastra hacia el interior del edificio no lleva más que un objeto sin ojos, sin orejas, sin felicidad ni pena. Me era imposible llorar ni reflexionar en la realidad del mundo o la existencia.

—Oye, te quito tu abrigo. Lo engancho acá, donde está dibujada una pera. ¡Acuérdate: la pera!

No sé cómo pasó la mañana. Incapaz como estaba de grabar un hecho, un recuerdo. Sé, sí, seguro que se habló de algo, pero sin mí.

Todos esos chicos se pararon para ir a vestirse. Seguí sin saber por qué ni a dónde. ¡Ah, la pera, sí, la pera! Pero los ganchos… ¿dónde están? Siempre sin pensar, me dirijo hacia un grupo de chillones que descolgaban sus abrigos. Pero la pera, ¿dónde está la pera? Lloro. Aparece el vestido negro, del cual sale una mano que toma mi brazo y, sin mediar palabra, me coloca delante de mi abrigo. Me lo pongo y otra vez sigo tras los chicos. Voy hacia la luz del día. Es la puerta.

Y vuelvo a llorar… pero de felicidad. Me reencuentro con mi madre.

Esos hechos volvieron a repetirse sólo dos días más, por la tarde y por la mañana. Después de eso no se volvió a hablar más de la escuela.

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