Misceláneos 004: El cazador de fieras
Y el jardín, con un caminito central encementado y bordeado de boj; de cada lado cuadros de hortaliza con zanahorias, poros, jitomates, melones y, por supuesto, perejil, cebollita y, también, yerbabuena. Todo eso bajo el control y mantenimiento de mi abuelo... y yo a su lado.
—¡Abuelito, ¿me prestas la manguera? —él vacilaba, pero muchas recomendaciones mediante me la ofrecía con la mano estirada supervisándome bajo estricta vigilancia.
—¡No tan fuerte el chorro... No directamente sobre la planta... ¡Levántalo!
Me adoraba mi abuelo. Podía pedirle todo lo que quisiera: reparaba algún juego, me fabricaba un arco con vara de mimbre y flechas de bambú; por supuesto, me fabricaba también mis zapatos.
Un día tuve ganas de compartir mi soledad de niño con un gato. Pocos días después había un gato en la casa. Era un felino adulto, poco acariciable, que prefería el jardín a mis rodillas. Quedé decepcionado, y después irritado: tomé mi archo y mis flechas y me divertí jugando al cazador de fieras a expensas de este animal tan deseado. Tres días después de su llegada desapareció y nunca volvió.
—¡Abuelito, ya no hay gato!
—¿Te extraña eso? —ese fue a la vez su comentario y contestación.
Etiquetas:
Misceláneos_004: El cazador de fieras
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario