Y después, un día, se me dijo:
—Vamos a mudarnos. Vamos a ir a casa del abuelito y abuelita.
—¿¡A la tienda!? —interrogué felizmente.
—Ah no, ya no hay tienda, ahora hay una casa. Vas a ver, con un patio y un jardín. Nosotros viviremos en el primer piso —concluyó mi madre.
En un rincón del patio mi abuelo había recreado su taller en un pequeño cobertizo. Acá —a mis seis años— tenía el derecho de permanecer en el sitio, de lo cual yo no me privaba nunca.
En los días lluviosos, ahí me quedaba toda la jornada ayudando a clavar a martillazos tachuelas de todos los tamaños en la parte superior de un viejo mueble, para arrancarlas después con la ayuda de tenazas bajo el ojo benévolo de mi abuelo, que sin tienda había reducido sus actividades en el taller al servicio de sus más antiguos clientes.
Los días sin lluvia el patio me pertenecía. Tanto que a lo largo del tiempo mi patín del Diablo perdió sus ruedas y el caballo mecánico su resoplido. No obstante, era hermoso mi pequeño equino: rojo, con su cola y su crin negras y bien abastecidas, con su doble manivela que yo usaba a la vez para dirigirlo y propulsarlo, gracias a la cadena que lo enlazaba al piñón de las dos ruedas traseras. Lo extrañé mucho después de varios años de felices cabalgatas.

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