Sin embargo, a mi madre, allá con las monjas, se le habían inculcado metódicamente las ciencias de la perfecta ama de casa, además de una formación profesional. En lo profesional sabía mi madre estenografiar y dactilografiar; en lo doméstico sabía cocinar, lavar, planchar, coser a mano y con máquina, corte y confección, hacer punto, bordar, mantener organizado un hogar... ¡¿Y criar un chamaco?! ¡Eso no lo sé? Ella lo hizo según como la habían educado a ella.
Mi padre no hablaba... o muy poco: dos años en las trincheras de la Primera Guerra Mundial le habían cortado la palabra, al mismo tiempo que su pierna derecha.
Mi abuelo paterno tenía su negocio de zapatero, taller para la manufactura y tienda para la venta. Estaba a poca distancia de nuestro domicilio; era el lugar a donde, a partir de los 4 años, mis piernas me llevaban en alegre disposición. Por buen tiempo mi madre me condujo allá cotidianamente.
En mi cabeza era la fiesta. El escaparate casi no me interesaba. Pero dentro... !no me digan!: nada más que abrir la puerta comenzaba la aventura con una bocanada de aire terrosa y acre que me agredía las narices. Miraba fascinado esas grandes placas de cuero entre amarillentas y anaranjadas, unas espesas y otras muy delgadas. De ellas escapaba esta emanación que yo no quería dejar de aspirar.
El interior era mi Cueva de Alí Babá: ¡Todos esos instrumentos raros, cortando, picando, raspando, puliendo... que se me prohíbía tocar! La única indulgencia concernía al betún, que también me atrapaba por su olor. Pero el hecho de que una vez en casa tendría que limpiarme los dedos con papel de lija, rápidamente atenuaba el placer que obtenía al juguetear con esa bola negra y suave de cera para el calzado.

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