Poco a poco vuelven a florecer las costumbres anteriores a la guerra y cada persona, lentamente, se fue haciendo una con ellas.
En una página anterior les hablé de un grupo de pintores cuyas obras iban a ser la base de una nueva moda de diversión: Mané, Sisley y otros como Pissarro y Seurat, cuyas obras representaban familias y amigos comiendo, bebiendo y divirtiéndose al aire libre, sentados en la hierba y a la sombra. Esos pintores mostraban el gusto de la gente por la vida campestre.
Unos años después de la guerra, sujetos listos recuperaron la idea de esos pintores y edificaron en las afueras de las grandes ciudades, siempre a la orilla de un río, ligeras construcciones de madera con mesas y sillas donde las parejas venían a tomar fresco vino blanco y bailar la “valse musett” o la “java”, dos bailes muy semejantes pero con la diferencia de que en la java el hombre tomaba a la mujer rodeando con una mano uno de sus homóplatos mientras que con la otra le sostenía una de las nalgas; si alguna damisela se sentía incómoda con tales costumbres dancísticas, simplemente se rehusaba a bailar.
Estos sitios llevaban el nombre de “guinguette” y tenían como cliente a la clase media baja.
Pero, ¡oh, amigos, qué rápido pasa el tiempo!, ¿no? Ahora les estoy dando imágenes de 1930. Mil novecientos treinta fue una fecha en la cual ya se habían vulgarizado en francia algunos ritmos afroamericanos, también para bailar, que habían sido creados por negros de Carolina del Sur y traídos a Europa gracias a los viajes que hacían entre los dos continentes científicos, empresarios y todo tipo de comerciantes. Destacarían particularmente el foxtrot y el charleston. A eso hago alusion en el principio de este episódico prólogo.

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